Castigo físico infantil

Por qué no debemos usar el castigo físico infantil para disciplinar

Vengo de una generación que consideraba (o considera) normal golpear a los niños “cuando se portan mal”. Para mi resultaba una cosa perfectamente racional y no pensaba que fuera a convertirse en algo nocivo. No digo que de pequeño recibía golpizas, porque sería una exageración, pero un “tirón de pelo”, por ejemplo, no era mal visto.

No creo que mis padres fueran “malos” por haberme castigado de vez en cuando de este modo: Ellos crecieron con el mismo paradigma que ve en los niños un ser más débil y que debe ser educado “con disciplina o mano dura para que no se vuelva rebelde”. Para ellos un castigo físico era justificado en esos momentos.

No olvido además, de las historias de mi padre durante su etapa escolar, donde los profesores golpeaban a los niños si no aprendían las lecciones de cualquier asignatura. Y no eran precisamente “palmaditas”. Desde varillazos, hasta bofetadas violentas, era una práctica pedagógica que contaba con todo el respaldo de la institucionalidad y de los padres. Eso que hoy parece aberrante, antes era lo habitual.

La letra con sangre entra

A nadie le parecía mal la idea de que “La letra con sangre entra”. Eso está cambiando. -Pintura de Francisco de Goya-

Yo mismo durante mucho tiempo defendí la idea de que dar “un correctivo” no era nada del otro mundo. “Yo al menos no estoy traumado por eso”, pensaba en mi fuero interno. En esa época no tenía hijos, ni pensaba tenerlos.

Sin ánimo de causar polémica, y aclarando que no estoy afiliado a ninguna religión en particular, recuerdo que durante mi juventud una iglesia cristiana, que no voy a nombrar, justificaba (y lo sigue haciendo) este tipo de castigos con un pasaje bíblico en específico, aunque hay otros en el mismo tono:

“No retengas del simple muchacho la disciplina. En caso de que le pegues con la vara, no morirá. Con la vara tú mismo debes pegarle, para que libres su mismísima alma del Seol mismo”

Proverbios 23:13-14

Tal vez este tipo de sentencias sirvió como “salvoconducto” para nuestros antepasados en el uso de la fuerza para educar a los hijos.

Sin embargo, durante mi paso por la Universidad empecé a cuestionarme si es realmente sano el castigo físico infantil. No fue hasta que tuve que diseñar una campaña comunicacional en contra del maltrato hacia los niños, que me vi enfrentado a reflexionar por primera vez en serio, sobre este tema.

Por qué pienso que el castigo físico no funciona para educar a los hijos

En este proyecto tuve que conceptualizar en detalle el tema del maltrato infantil, y me pude dar cuenta de lo profundamente arraigado que está la idea de que se debe golpear a los niños para “enderezarlos”. Frases como “la letra con sangre entra” eran ejemplo de virtud en la educación tradicional.

Pero más grave aún, es la idea implícita de que los niños son seres inferiores, y no merecedores del mismo respeto que le damos a un adulto. Es cierto que un niño no tiene la misma capacidad que un adulto, en el sentido de que tenemos más fuerza física, o más conocimiento, poder de decisión, etc. pero eso no significa que tengamos más valor que un niño.

Algunas de las conclusiones que cambiaron radicalmente mis ideas sobre el uso de castigo físico en los niños son:

La violencia no genera un cambio positivo en las personas.

No sé en qué momento se aceptó la idea de que la violencia nos hace cambiar. Solo infunde temor. Un niño que es golpeado para obedecer una orden no lo hace porque comprendió las razones detrás de una advertencia. Solo responde al miedo.

Además, golpear a un niño siempre implica una pérdida de control. Es un recurso que surge de la irracionalidad. Dar un tirón de orejas o golpear a un niño con un palo son en esencia lo mismo. Solo cambia el grado de violencia. Sin embargo, el descontrol, y la falta de herramientas para resolver un conflicto son el denominador común.

Damos un pésimo ejemplo a nuestros hijos sobre el uso de nuestro poder.

Dar un golpe a un niño solo le enseña que, dado que soy más fuerte, tengo el poder para decidir qué es lo que es correcto. Con esta forma de imponer una idea no es extraño que las sociedades modernas registren tanto maltrato a los adultos mayores. Otro síntoma de esto es la violencia contra los animales. Ya que un animal es un ser “inferior” puedo golpearlo impunemente solo porque tengo más poder.

Golpear a los hijos produce en ellos secuelas emocionales.

Se ha demostrado fehacientemente que golpear a los niños causa secuelas emocionales, aunque no sean evidentes ni devastadoras.

Se sabe que los niños que son golpeados, tienen más probabilidad de sufrir depresión y ansiedad en la vida adulta, además de otros trastornos de la personalidad. De hecho, hasta un 7% de los problemas de salud mental están asociados al maltrato físico.

Se deteriora la relación padres – hijos.

El castigo físico sólo aumenta la desconfianza de los hijos en relación a sus padres, confianza que los padres extrañan cuando los niños se convierten en adolescentes.

La mayor influencia que podemos ejercer sobre nuestros hijos no viene del uso de la fuerza, sino de nuestro ejemplo de vida. Ser consecuentes, fomentar el respeto, el amor, y la compasión, son la mejor forma en que podemos convertirnos en un referente para nuestros hijos, y que puedan acudir a nosotros sin recelo.

Golpear a los hijos es una forma de humillarlos.

Cuando veo que un padre o una madre golpea a un hijo en público siento indignación, porque los niños tienen sentido del pudor y orgullo. ¿Si fallas en el trabajo, consideras aceptable que tu jefe te de una bofetada frente a todo el mundo?

Por alguna razón, algunos padres creen que tienen el derecho de humillar a sus hijos en a la vista de todos, aunque en estricto rigor una humillación es una humillación ya sea pública o privada. Dañar la autoestima de los hijos no lo considero una forma de disciplina.


No todo es blanco y negro en este tema. Si bien es cierto mis padres usaron el castigo físico, no los considero malos padres. Dieron todo de sí para darme educación y todo lo que necesitaba. Fueron cariñosos y presentes. Simplemente usaron las herramientas que pensaron que eran las correctas.

Sin embargo, aspiro a terminar con ese resabio de violencia en mi propia familia. Probablemente todos mis antepasados usaron esta forma de disciplina, y creo que por todos ellos, doy un paso importante al cambiar esa mentalidad y atreverme a buscar nuevos caminos para la crianza de mi hijo.

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