Como solucionar un conflicto

Relaciones personales: Cómo solucionar un conflicto

Los conflictos en las relaciones humanas tarde o temprano hacen su aparición. Las razones que desencadenan estos problemas pueden ser múltiples, pero todas se basan en un desequilibrio en, al menos, una de las dos partes. Cuando no estamos centrados, amarrados al pasado, o al futuro, no logramos perdonar o pedir perdón, no conectamos realmente con la otra persona, es cuando aflora ese momento de ceguera que nos impulsa a la disputa, a una lucha de poder. Ya sea un conflicto de pareja, un conflicto de hermanos, de amigos, de compañeros de trabajo, etc. todos tienen en común, no reconocerse el uno en el otro.

Los conflictos y discusiones parten por lo general por confrontar dos visiones del mundo muy diferentes. Por ejemplo, en un matrimonio cada uno tiene visiones diferentes sobre el rol de los padres en la educación de los hijos, y cuando esas miradas en algún punto se enfrentan, pueden suceder dos cosas: En un escenario puede producirse una sinergia entre esos dos mundos, sacando en limpio una tercera mirada, consensuando los puntos en común, o incluso, mantener los dos enfoques, equilibrando las fuerzas para encontrar el ajuste que mejor funcione para ambos; mientras que en otro escenario, pueden cerrarse las puertas del entendimiento, entrando en una zona de “ruido psicológico” donde lo importante es imponer el punto de vista propio, ya sea mediante atacar a la otra persona, ejercer algún tipo de coerción, como chantajes emocionales, o simplemente haciéndose víctima de las circunstancias, que en cualquier caso terminan deteriorando la relación.

Algunas claves para enfrentar los conflictos

¿Es posible desarrollar las habilidades necesarias para actuar eficazmente ante la aparición de conflictos? Es muy difícil pretender que podemos eliminar por completo los conflictos en nuestras relaciones interpersonales. Sin embargo, sí podemos ejercitar ciertas habilidades básicas:

Aprender a escuchar.

Esta habilidad, que parece muy sencilla, es tal vez la más difícil de encontrar en la mayoría de las personas. Probablemente la razón es que casi todo el mundo está demasiado absorto en su propio diálogo mental y no consiguen acallar su mente para realmente ver al otro como un legítimo yo. ¿Cómo podríamos ser buenos oyentes si nuestro “propio volumen” está demasiado alto?

Las consecuencias de no escuchar al otro se convierten así, en uno de los factores definitivos por los cuales toma más trabajo resolver los conflictos. Algunas veces tenemos actitudes que arruinan la fluidez de la comunicación, como por ejemplo, no mirar directamente al interlocutor, o hacer otras cosas sin importancia mientras nos están hablando sobre algo significativo. Puede parecer que escuchamos lo esencial, pero el solo hecho de tener la capacidad de oír, no quiere decir que estemos prestando verdadera atención.

No saber escuchar implica que fortalecemos ciertos hábitos que no nos habilitan para ser una persona que sepa manejar y resolver conflictos. Por ejemplo, podemos crear el hábito de interrumpir constantemente completando las frases del otro o hacer algo peor: perder la empatía por el otro. Esto es especialmente notorio cuando, en vez de simplemente escuchar para ayudar al otro a que se conecte con sus propias emociones, pretendemos entregar toda clase de soluciones envasadas, y según nuestros propios intereses y experiencias… y ¿quién dice que nuestra solución es la mejor?

Hacernos responsables por nuestras emociones.

Tomar responsabilidad por lo que hacemos y pensamos es más difícil de lo que parece. En los conflictos es común culpar al otro por lo que está sucediendo, o más bien culpar al otro por lo que estoy sintiendo. Si cambiamos un poco nuestro lenguaje, y empezamos a expresar lo que sentimos sin responsabilizar al otro, encauzamos de manera diferente el conflicto, y avanzamos hacia la solución.

Olvidar lo esencial de un conflicto.

Cuando estamos invadidos por emociones de rabia y frustración perdemos de vista lo esencial de un conflicto: Encontrar una solución. Es fundamental no perder el foco, y tener siempre en mente la pregunta ¿Cómo solucionamos estas diferencias? ¿Que posición personal es la que impide una salida al problema? ¿Puedo ser flexible en mi posición? Si el conflicto no avanza por ese camino, entonces se transforma en una guerra por imponer un punto de vista. Y “ganar” no nos dará realmente ningún beneficio, porque en realidad, no triunfamos sobre el otro; simplemente logramos que la otra persona dejara de insistir.

Reforzar los acuerdos.

“Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud”

Aristóteles

No es extraño que una discusión comience por un mal entendido. Cuando pensamos que hemos conseguido una solución al conflicto, es necesario reafirmar los puntos de acuerdo. Algunos recomiendan usar la estrategia de señalar claramente qué fue lo que sacaron en limpio, por ejemplo, con una pregunta como “entonces, ¿lo que quisiste decir fue que…..?”

De esa manera, logramos dos objetivos: Mostramos verdadero interés por el punto de vista del otro, y nos aseguramos que aceptamos la solución que se ha consensuado en conjunto.

Desarrollar la capacidad de escuchar, de ser flexibles en nuestras creencias no solo es necesario para resolver discrepancias, sino que también para mejorar nuestra vida. No podemos esperar que mágicamente no tendremos más problemas con nadie, pero al menos creceremos como personas, y contribuimos a un mundo mejor, que no es poca cosa.

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